martes, 22 de febrero de 2011

Sobre las cosas que me importan, y las que no (Primera parte)

Hay mucho que hablar sobre esto, partiendo de las cosas simples que sin gran esfuerzo mental el lector puede llegar a las mismas conclusiones que yo, o en caso contrario desacuerdos, en los que respecta a mi comentario sobre aquello que llamamos intereses. A riesgo de que la explicación se vuelva innecesariamente eterna es precisos fijar aquellos detalles que resumen, en las que las puedo establecer como tótems, a un saco de oraciones y frases de la cotidianeidad y la experiencia; un menjunje de calificativos que tienen ahí el centro de informaciones al que se puede acudir en caso de duda alguna.

Este es un tema que me gusta muchísimo, porque claro, yo me quiero y quiero todo lo que despierta en mi alguna clase de inclinación mediada por la sobriedad, la calma y el buen criterio. Encuentro ideal que cada uno de nosotros pudiera detenerse a sopesar durante un par de minutos todas las cosas en las cuales invertimos el tiempo; tal ejercicio mental recapitularía lo que nos hemos convertido durante estos años, las directrices de nuestra percepción del mundo y las rutas que nuestro crecimiento personan están llevando (es un hecho que hay muchos más ejercicios que pudieran buscar el mismo fin semejante a este). Me invade una apacible calma el saber que tengo la oportunidad de conversar sobre todo aquello que yo considero bueno, y quien sabe, lograr construir al final de este camino alguna que otra regla que defina y clasifique algo que es bueno en sí mismo.

A medida que el tiempo ha avanzado en mi madurez mental las ocupaciones en las que he encontrado menester conducir mi ser han sido aquellas que algún beneficio inmediato han podido darme. La utilidad es una palabra que podría confundirse a esta altura, es por eso aclarar inmediatamente la cuestión: utilidad para mi es aquello que me hace adquirir un tipo nuevo de conocimiento, o incrementar el que tenía antes. No veo que lo anterior sea una excusa que mucha gente tiende a pensar que decanta en la obligación (tal y cual la conoce usted y yo en este siglo, pariente cercano, indirecto, al tan llamado estrés). Dejo categóricamente en claro mi odio hacia aquella clase de opinión, carente de fundamento, subjetiva y sin cuerpo sustentable en que pudiera llegar a existir. Reiterando, la utilidad es una buena palabra que se me ocurre en estos momentos y ad-hoc con la descripción sobre el gusto. Por otro lado el que podamos aprender y mejorar nuestras competencias es una habilidad rudimentaria demasiado maravillosa a desechar por la parsimonia y el parasitismo; el hedonismo mediocre y la vagancia del intelecto. También es noble, por el hecho de que podemos mejorar la calidad de vida y demostrarle a la demás gente la estética oculta de los saberes humanos. Con esta descripción recién dicha surge una pregunta lo suficientemente cauta y razonable que cualquiera se puede hacer: ¿Qué pasa con todo aquello que no nos entrega ninguna utilidad aparente, aquello que es solo un goce espiritual, sin aplicaciones a la vida real y difícil de moldear por su carácter subjetivo? Para esto podría decir mucho, como también nada; eso sí, no pretendo ponerlo en la balanza con su antítesis porque, primero deducimos que se encuentran en planos diferentes: uno en un mundo concreto y empirista y el otro en los goces, en la edificación de la moral y el cultivo de las emociones. Es realmente difícil erigir una explicación. Hay detalles inmediatos, como el ponernos de buen humor, la cautela, la contemplación de la vida, la pasividad, el poder sentir cariño humano-humano o humano-animal. Se me vienen a la mente dos ejemplos clásicos:

1. El amor a Dios, Fe y Religión: hay personas que tales gustos les llenan de goces subjetivos, los vuelve tranquilos y contemplativos de la vida y su devenir. Tener una persona creyente en algunos casos es un hecho realmente agradable, siempre y cuando tal competencia se ejecute con cautela y respeto a los demás. Cuando cumplen lo anterior pueden llegar a ser personas nobles de moral y buena clase de amigos, respetuosos con el prójimo y destacables ciudadanos.

2. Las relaciones de pareja: Opción de una belleza que a mucha gente le encanta hacer notar. El ser generoso con otra persona es valioso y bonito, y en la mayoría de los casos llegan a cumplir los mismos postulados que en 1.

Quizás hay muchos más exponentes de los valores subjetivos, pero la idea central a la que quiero llegar es que tales casos permanecen en el mundo de lo personal, subjetivo, carente de práctica, sin poder enseñarse. Quedan para aquellas personas como simples opiniones personales que tienen sobre lo que ven. Ya quisiera yo algun día de mi vida llegar a una clase donde se me enseñe el cómo amar a una mujer, tal deseo me es ridículo. Puede que en mi fuero interno tal categoría pueda ser útil, pero inmediatamente digo que me es evitable (pero un interés evitable puede que algo de dignidad tenga. Recuerde que esto es sólo una opinión personal). Tenemos en este caso belleza sin duda, y tal vez en otro momento quiera explayarme de mejor manera al respecto.

Concentrando mi atención en aquello que me atañe y que me mantiene escribiendo tal apología, son los detalles que pongo en el altar de lo valioso y fructífero. No quiero entrar a enumerar todo lo que me produce felicidad, a riesgo de omitir puntos esenciales de los cuales me puedo arrepentir. Pretendo eso si lograr detallar el por qué de todo esto, es fácil: la entrega a algo que en un futuro te puede convertir en una persona cultivada en conocimientos es algo que considero valioso y deseable en todo momento. Que logre ser enseñable y establecerse en un conjunto de reglas es una propiedad única y puede trascender a través del tiempo. Que podamos poner practica  prueba lo inteligente que puede llegar a ser el hombre. Espero que el lector inteligente no infiera que esto es todo un resumen de mis pensamientos, el espectro de percepción es algo más amplio de lo que a simple vista se puede notar; no es necesario el concluir que todo puede ser resumido en un libro de apuntes…

En otras palabras, todo aquello que me interesa tiene que ser, entre muchas cosas: inteligente, enseñable, demostrable, practicable, estético, prudente, con poca relación sobre alguien exterior a nosotros; comprensible, lógico, que no sea dañino; definible, con historia, y otros detalles que rayan en estructuras formales y nos permita opinar después objetivamente.

En oposición no me parece de utilidad alguna todo lo que puede ser englobado en los prejuicios, la mirada fácil y la opinión carente de crítica; la primera salida que personas sin juicio altivo tienden a ocupar para salir del paso de las situaciones. Lo molesto, lo desagradable que resulta ser, el querer intentar hacer una opinión objetiva a primera instancia, sin desear conocer a detalle lo que verdaderamente representa la realidad. Las actitudes impulsivas también entran en el saco, aunque necesariamente esta es una cualidad que se escapa en la actitud, donde muchas veces lo somos sin pensarlo siquiera. ¿Existe algún remedio para ello? No tiene utilidad ya que lejos es mucho mejor tomar decisiones teniendo en mano la decisión que nos concede el buen juicio analítico. Lo importante en esta situación es que al no importarme trato de no pensar en ellos, dando un paso adelante al respecto.

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